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Publicado 7 febrero 2012

El sexo que no amarra

Por Leo Marcazzolo El otro día no más me cayó la teja de una realidad que ya para la mayoría de los habitantes de este extraño mundo, constituye más que [...]

Por Leo Marcazzolo

El otro día no más me cayó la teja de una realidad que ya para la mayoría de los habitantes de este extraño mundo, constituye más que una certeza. Y es que ya el sexo- desde hace mucho tiempo- dejó de amarrar a la gente. Dejó de ser sagrado. Dejó de ser el camino más próximo de las mujeres al panteón del sacrificio. Resulta obvio. Pero ya ni siquiera las gitanas-que antes guardaban su virginidad bajo siete llaves- hoy están tan preocupadas de reservarse tanto. Incluso ellas, que antes atesoraban- en un altar ultra inalcanzable- su preciada flor, hoy querrían esperarse otros diez años más por su “anhelado marido”. Y es que ya es un hecho, que acostarse con alguien no implica necesariamente compromiso. Ya nadie se corta las venas por nadie. Las personas andan por el mundo probando y siendo tan volátiles como una espuma. De hecho hasta mayor grado de compromiso implica, por ejemplo, prestar plata.

O el cepillo de dientes o un DVD importado o una prenda bonita de ropa. Así de materialista está el mundo y también así de materialista estoy yo. De hecho en una oportunidad me negué terminantemente a prestarle un libro a uno, sólo porque según mi cálculo, me habría significado verlo de nuevo.

En cambio con el sexo a nadie le pasa eso. El sexo, (a no ser que te fascine mucho el individuo), ya dejó de significar “proyección”. Ya dejó de ser como aquella canción ultra lacrimógena, donde una mujer se acostaba con un sujeto, y luego toda romanticona y penosa se preguntaba, “si la seguirían amando mañana”. Hoy ya nadie se cuestiona eso. Hoy sólo nos preguntamos “si tendremos ganas de verlo mañana”.

Y es que así ha mutado el mundo. Y obviamente quienes más han sabido aprovecharlo son los solteros y solteras, que van por la vida -literalmente- degustando sin límite. De hecho sus experiencias resultan hasta envidiables. Sin ir más lejos, el otro día no más, me junté con mi amiga Lucha, (que como ya antes he dicho, está ultra soltera y se siente muy orgullosa de serlo) y prácticamente me morí de las ganas de convertirme en ella. La miré y se veía tan segura y resuelta, que hasta me sentí “disminuida” mientras escuchaba todas sus aventuras, sentada en su cama, apretujando su desgastado oso de peluche negro. Envidié todo sobre ella. Su soltura, su autonomía, su instinto de caza y, especialmente, la libertad con que enfrentaba el sexo. Y no era que se acostara con todos, (ella jamás ha sido del tipo “suelta” ni “entregada”), era sólo que este verano -luego de disfrutar a diestra y siniestra de más de cincuenta happy hours- había decidido que el sexo sería como un derecho tan fundamental como el agua, la comida o el aire para ella. Y que además era libre de decidir con quién, cómo y cuándo acostarse, sin pedir ni recibir ningún tipo de compromiso a cambio.

De hecho -me contaba ese mismo día, mientras yo hervía de envidia- que también este verano, había decidido, que si no le gustaba el tipo, tenía todo el derecho del mundo de hacer tripas corazón, y darse el gusto de aplicar la vieja y nunca bien ponderada técnica de “si te he visto, no me acuerdo”. Y estaba tan segura de aquello, que inclusive su propia teoría la convertía en alguien muchísimo más interesante. Más bonita. Más entera. Y más cotizable. Lejos del arquetipo de la mujer “fácil”, de la “feminista”, o de la “ninfómana”. No, la Lucha era todo lo contrario. La Lucha se veía así misma como una mujer difícil. Como una mujer a la cual sólo ofreciéndole un gran performance, podía conquistársela. Eso era lo que estaba aprendiendo este verano. Un verano en que había decidido quedarse definitivamente en Santiago y probar el sexo sin amarras.

 
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