Hay veces en que tanta sinceridad puede traer más problemas que beneficios…
En ningún caso busco ser una apologista de la mentira o una maldita bruja defensora de los “engaños”, pero sí creo que a veces es más sabio guardarse ciertas cosas antes que decir, toda, toda la verdad. En especial si uno está recién conociendo a un sujeto, y ese sujeto puede fácilmente asustarse o salir corriendo despavorido, (sobretodo si es tan delicado como un merengue y tan susceptible como una flor). Y es que los alérgicos a la “verdad”, existen. Ellos son tan probables como los movimientos telúricos, los temporales o las caídas libres de los felinos.
Y es que imaginemos por ejemplo un escenario extremo. Un escenario donde una chica decide exponer todo su naipe y confesarle al chico que le gusta, que lo único que quiere es “hacer familia”. ¿Ustedes creen acaso que ese chico volverá a llamarla? Pongo las manos al fuego de que no. Como también apuesto a que si un chico le confiesa a una chica que padece de alguna enfermedad venérea, tampoco le irá muy bien. Y es que como bien decía la banda argentina Sumo, a veces es “mejor no hablar de ciertas cosas”. A veces es mejor quedarse calladita no más y hacerse la de la chacra.
Ahora tampoco se trata, de andar por la vida, haciendo la parodia de la “incauta” porque las muy cínicas ya sabemos como terminan. Trasquiladísimas. Se trata más bien de administrar con cierta sensatez la verdad. Saber qué decir y qué no, en el momento indicado. Al contrario de cómo solía hacerlo mi amiga Sarita, por ejemplo. Que cuando conoció al Oso Hormiguero, sencillamente, metió las patas hasta el fondo. Contaba y aún no la entiendo, que su asombro al conocerlo fue tal, que sin mayores preámbulos llegó y le soltó todo como un verdadero “sanguchito de palta”. Y eso que era un total mequetrefe y que sus ojos inquisitivos no motivaban en ningún aspecto a confesarle todo. Pero la pobre igual lo hizo. Esa noche se tomó como dos Tom Collins, (nadie sabe cómo aún le podían llegar a gustar esos tragos infestos de los ´80), y habló impertinencias- hasta por las orejas- durante toda la cita.
Pero lo más grave de todo no fue eso, fue que en ciertos momentos se envalentonó tanto con “su verdad” que no sólo terminó confesándole la lista completa de hombres con que se había acostado, sino además- metió aún más las patas-al entregarle detalles “innecesarios” y “vergonzosos” de estos. Algunos tan extremos como que, por ejemplo, había estado sólo con “un prospecto y medio” en toda su vida, pues le había faltado “tiempo” y “oportunidad” para incursionar más. Y que más encima, el “medio prospecto” en realidad no valía “medio” sino sólo un “cuarto”, pues no había durado más de 30 segundos en la cama. Y que el otro, digamos el “prospecto entero” tampoco era muy avezado, pues cada vez que la Sarita lo azuzaba tan sólo un poquitito para que probaran una posición diferente, de inmediato se desinflaba como globo en día de verano. Y la Sarita le contó todo esto, así tal cual como yo se los estoy contando ahora, al Oso Hormiguero. Y éste al tiro supo cómo aprovecharse.
Al tiro supo leerla y entender perfectamente bien con que dimensión de inseguridad estaba tratando. Al nivel que ni siquiera- en esa segunda cita, donde aún se suponía que no debía mostrar toda la hilacha- se dignó a portarse como era debido. Primero no pagó su parte de la cuenta, y segundo, reaccionó como un verdadero energúmeno al forzar a la Sarita a darle su beso de despedida, y eso que estaban en pleno umbral de su casa. Y eso es todo lo que había ganado. Exponiendo toda “su verdad” sólo había conseguido una cosa: que se aprovecharan de ella.
Y es que su historia no tiene nada nuevo bajo al sol. Creo que la verdad nunca debiera entregarse de manera tan abrupta. Más bien debiera ser como una llave que gotea de a poquitito. Como pequeñas agujas clavadas sobre un cuerpo inmenso para amortiguar el dolor y así evitarnos la caída.